“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”.
Fernando Pessoa
Me atrapó en el último sueño. Sin
saber cómo apareció mientras buscaba una oficina de Caja Madrid. Se agarró a la
parte de atrás de mi cinturón y ya no pude abandonarla. Media melena, mediana
estatura, cuerpo menudo, labios rojos y aire melancólico. Le dije a mi amigo,
que se había quedado al cuidado de las bicicletas, que acababan de atraparme y
que diera él todas las explicaciones a quien quisiera conocerlas. A partir de
ese momento me entregué a ella hipnotizado. Con frágil voz y mirada luminosa
comenzó a contarme su relato hasta que los reflejos del amanecer cegaron mi
sueño.
Incluso a los corazones más
sensibles, como el mío, el tiempo y los acontecimientos de cada día, esos que
son imprevistos y duelen, va endureciéndolo. Momentos de dolor e interrogantes
que duelen, frases que hacen daño al leerlas, por incomprensibles o por ser
demasiado claras. Y otros momentos en los que nada
de todo eso importa. Lo das todo y para qué. ¿Importa algo todo lo que importa?
¿Qué queda cuando no queda nada?
Quedan paredes pintadas de vida, queda un suelo de pisadas herido y queda el
cielo, siempre nos queda el cielo, para no sentirnos perdidos.
Cuando has disparado todas las
balas de pasión que tenías en el cargador y ves que aun así no logras abatir a
la mujer que aparece en el punto de mira, no queda más remedio que amarla cuerpo
a cuerpo.
Olas, rojas de afectos, mecen mi
barca en tus orillas. Faros de miel, tus ojos, endulzan mis horizontes
infinitos. Por tus ríos de sangre caliente recorro tu cuerpo, a flor de piel,
de norte a sur y de levante a poniente. Tu corazón es un mar inmenso donde
navego.
Oxidada, así quedo la lata
víctima de la humedad y del tiempo. ¿Qué hubo dentro? ¿Sardinas en aceite o un
amor en conserva? Quién sabe, tal vez no hubo nada, un vacío esperando que
alguien tirara de la anilla para liberarlo. Rescatada de la Azohía, descansa
ahora llena de bellos recuerdos.
Un espejo es como una cámara de
fotos sin memoria, capta todas las imágenes a su alcance pero no conserva ninguna,
no tengas miedo a posar delante de él.
Esta obsesión por dejar huella de
lo que vemos y sentimos no es nueva. Llámale técnica, llámale arte, llámale
como quieras, pero no dejes de expresar lo que sientas.
Yo seguía vuestros pasos camino
del final de la tarde y esa suave luz, cálida e irrepetible, reflejada en el
pavimento, atrapó mis ojos y paralizó mi tiempo.