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Duelo de manolas al final de la
tarde.
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa
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Toma mi mano y llama, si quieres que salga a abrir. Golpea tres veces en la puerta, que te pueda oír. Y si ves que tardo un poco, es que estoy pensando cómo te voy a recibir. Desde la ventana, a lo lejos, te veía venir. Y mi mente se puso en marcha, para ordenar todo lo que te quería decir. Toma mi mano y llama, si quieres que salga a abrir.
Aunque camines deprisa no llegarás más lejos que yo. Podrás ir por delante de mí y tal vez, en algún momento, te pierda de vista, pero sé que, tarde o temprano, te daré alcance, porque mi objetivo eres tú.
Si lo miras por delante será diferente a si lo miras por detrás. Todas las miradas, desde diferentes ángulos y posiciones, ayudan a conocer y comprender el mundo que nos rodea. No debemos quedarnos con la primera mirada, hay que seguir mirando y remirando. Yo te miro, con buenos ojos y desde distintos puntos de vista, y todavía no te conozco del todo, siempre descubro algo nuevo en ti que me sorprende.
Hay un puente que cruza a lo desconocido. Cambiar de orilla, dejar atrás tu pasado, emprender una nueva vida. A veces, las circunstancias obligan y otras es el destino el que tira de ti y te arranca de la rutina.
Cinco pétalos conforman un
pentágono morado y a flor de piel, sensible a tanta belleza, el amor se
manifiesta, cárdeno y púrpura, cuando paseo a tu lado por tierras ajenas y
extrañas. Cinco dedos de mi mano buscan otros cinco de la tuya y se encuentran,
entrelazados, sin apenas darnos cuenta.
Hay una mirada vacía y profunda que permanece intacta en el capirote del nazareno. Solo falta ponerle ojos para ver la pasión, porque el sentimiento lo lleva por dentro.
Y ahí siguen, cada noche, de la
mano, en silencio, recorriendo las calles, ajenos a todo, salvo a su fe.
Quiso ser sol, pero no pasó de farola. Conocer nuestras limitaciones ayuda a evitar esfuerzos innecesarios. No vayas de farol sin las cartas apropiadas.
A todas luces, en el crepúsculo, saturan los colores y surge de la nada un contraste de tonos cálidos y fríos que despiden la tarde y dan la bienvenida a la noche. Tal vez sea el mejor momento del día para recordarte, mientras tú andas a lo tuyo en otro tiempo y en otra parte.
No sé quién fue Pilar. Me encontré esta placa, hace tres años, en un antiguo cementerio abandonado de La Matarraña y llamó mi atención. Desde entonces, cada 25 de marzo, me sumo al llamamiento de no olvidar a Pilar. Si tiene mérito alojar en tu memoria a los seres queridos que ya no están, más lo tendrá, todavía, recordar a alguien desconocido como Pilar.
Hay gente que piensa que si habla más fuerte se le entenderá mejor o que llevará más razón y lo único que consigue es ahuyentar a los que estamos alrededor. Habla, pero flojo que todavía no estamos sordos.
Juntamos letras para construir palabras que ordenadas en frases expresan una emoción, un sentimiento, alguna reflexión, muchas dudas y pocas certezas. Palabras que florecen en primavera y tiñen de románticos colores los valles. Aromáticas palabras que fructifican con el calor y aguantan verdes todo el verano, regresando en otoño a la tierra descompuestas en letras caducas, trasnochadas, para abonar otros relatos de invierno. Y esta afición, o adicción, que algunos llaman poesía, es para mí, tan sólo, un sugestivo oficio de artesanía.
En la frontera del equinoccio te
despido y me despides bajo un manto gris que nos protege y nos separa.
A la derecha la senda de tu mundo
triste y apagado, a la izquierda el camino de mis dudas y misterios.
Volveremos a encontrarnos
cualquiera otra tarde de primavera y caminaremos juntos, sin destino, al antojo
de las piernas que nos llevan.
Avanzaremos en paralelo mientras
conversamos sin guion establecido.
Unas copas brindarán por nuestras miradas que se encontrarán frente a frente iluminadas y darán paso, tras una cena sugerente y animada, a nuevas fantasías en la madrugada.
Compartir mesa y mantel con un menú apropiado a base de conversación, gestos, historias, secretos, aventuras y una botella de vino, favorece la digestión y ayuda a mantener la línea que nos conecta y nos mantiene unidos.
La más bella historia de amor es aquella que no se cuenta, por eso permaneceré callado para que no pierda el encanto la nuestra y no se queden todos de piedra al conocerla.
Hay que estar ahí, horas y horas, día tras día, varias semanas, detrás del cristal, en el escaparate, viendo pasar a la gente camino de sus asuntos, casi siempre con prisas, como si perdieran el tren o se les fuera la vida. Algunos miran de reojo y otras se paran a verte, a vernos con más detalle. A veces nos halagan y otras nos critican por el solo hecho de ir a la moda. Y tenemos que callarnos, mordernos los labios, no decir nada. Así hasta que llega la noche, de madrugada, y apagan las luces, los focos que nos señalan, y podemos descansar un rato de tanta mirada. No, no creas que es fácil esta vida estática, tan esclava, que nos cambia de ropa cada temporada.
Entre un antes y un después hay un ahora, lugar donde se desarrollan los acontecimientos en tiempo real, en vivo y en directo, lo demás es historia o ciencia ficción, tenlo en cuenta.
Hemos subido y bajado tanto que
ya perdimos la cuenta. Atrás, algunos quedaron en el camino y, por delante,
aparecieron otras gentes. Hubo de todo y no nos faltó de nada, quizás algo de
valor para dar el último paso, pero no importa porque todavía estamos a tiempo de darlo.
Hay que creer en los dioses para que los dioses existan. Yo no creo en ninguno, pero existen, no me cabe duda.
Mis manos van hacia ti
Y no puedo detenerlas
Locas de deseo te buscan
Y quieren recorrerte
Deslizarse de norte a sur
Y de este a oeste
Desabrochar botones
Y bajar cremalleras
Liberar secretos íntimos
Y dejarte a la intemperie
Mis manos están inquietas
Y tiemblan cuando te acercas
Huelen tu perfume
Y escuchan cómo lates
Te ven con diez ojos
Y saborean tu tacto
Le piden a mis brazos que las
lleven
Y suplican a mis piernas que te
alcancen
Desnudas quieren desnudarte
Y, si las dejas, poseerte
Ponernos la armadura y proteger
nuestra intimidad. Ocultar lo que llevamos dentro. Establecer una barrera
metálica que nos aísle de los demás. Actitud de defensa y quizás también de
ataque. Prepararnos para recibir golpes y evitar sus consecuencias. ¿Quién no
lleva una armadura invisible puesta? ¿Quién está dispuesto a quitársela y mostrar
lo que hay dentro?
Por cierto: ¿alguien me puede dejar un abrelatas?
Pudo ser la primera vez, pero no fue ninguna. No se atrevió a dar el primer paso ni tampoco el segundo. Allí quedó, prisionera en su propia casa y rodeada de extraños. Cuando paso por su puerta me detengo, miro hacia su ventana y no la veo, pero sé que está allí dentro, porque se refleja en el cristal la tristeza de su desencanto.
Y a pesar de todas las mochilas que cargáis, que no son pocas, el presente es cada día más vuestro. ¡Adelante!