Debemos recuperar la inocencia, el candor que nos permita contemplar el mundo tal y como lo hemos imaginado de niños.
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa
Debemos recuperar la inocencia, el candor que nos permita contemplar el mundo tal y como lo hemos imaginado de niños.
Hay señales que avisan de un posible cambio en la trayectoria de tu vida. Seguir recto por el camino que traes o tomar un desvío que no sabes a dónde conduce, pero que llama tu atención y despierta tu intuición.
Lucía el árbol con todo su esplendor en la noche mágica. Recuerdo y memoria de ritos paganos del solsticio de invierno, de fiestas saturnales y del nacimiento del Sol Invictus. Ahora es Nochebuena y vamos a celebrarlo por el rito cristiano, mañana el tiempo dirá.
Después de la niebla hay una mañana fresca donde el sol promete, calienta, da luz y esperanza. Hoy, más que el resto de otros días y noches, donde la ilusión de algunos, la añoranza de otros y las promesas de muchos inundan ese corazón que late, lento, rápido, rítmico y a su albedrío. Donde reúne a familias de todo tipo, cobija al solitario y da calor al que no tiene techo ni un trozo de pan con el que alimentarse. Así se presenta ese día en Albacete, me dice Adela y aquí lo cuento.
Loco de atar estaba, pero andaba muy suelto y no había manera de que entrara en razón. Sus razones tendría, digo yo.
Hay otras formas de llamar sin llamar la atención, pero no son tan nostálgicas. Si quieres entrar, coge mi mano y llama.
Hay una ventana que se abre al infinito y un mar azul intenso y luminoso por delante. Detrás estamos tú y yo contemplando el espectáculo y sintiendo que la vida nos lleva sin querer, ¿Quién sabe dónde?, pero queriendo tanto.
En escenarios de otoño entramos: Restos de nieblas, luces ocres, hojas muertas, silencio, calma, olor a tierra mojada, un poco de frío y por dentro latidos de nostalgia y melancolía.
A veces, nuestra mente se adentra por calles estrechas y luego le cuesta encontrar la salida, pero es necesario hacerlo, pensar sin saber muy bien a dónde vamos forma parte del recorrido.
Amarillas y ocres hojas de otoño,
sin vida, caen.
Caen suavemente a golpe de un
viento frío
y crujen nuestras pisadas sobre alfombras de oro.
A modo de espejo, un charco me permite ver el cielo. Minúsculo océano en mitad de la plaza donde pesco recuerdos.
Es una hoja de otoño, pero vemos un corazón y sentimos la pasión que circula por sus venas. Ver más allá, sentir y expresar, también es poesía.
En blanco y negro ardía la tarde. Unos iban y otros venían. Había gente en la cola de la hamburguesería. Y mientras tú te reías yo capturaba esta fotografía. Aquí la dejo, porque ya no es mía, ahora es tuya, Carmen María.
Hoy, de nuevo, iré a verte. Es el mejor viaje que he hecho en mi vida y el que nunca quiero dejar de hacer.
Y cuando llegue y se detenga a tu lado, atrévete a subir al tren que llevabas toda la vida esperando, quizás ya no vuelva a pasar nunca.