“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”.
Fernando Pessoa
Ha dejado de llover, Y la lluvia, esta lluvia Débil y persistente, Continúa anegando El interior de mi memoria, La triste memoria que Todavía alberga tu recuerdo.
El viento ha limpiado De nubes este cielo que Ahora es azul, de un azul Oscuro e intenso como Tu recuerdo, que quema, Que abrasa constantemente Mi sentimiento de pérdida.
El Sol, tímidamente, Comienza a calentar mi cuerpo Cansado de esperar, de esperarte, Inunda de luz la atmósfera Pero no consigue infiltrarse Por las rendijas, por las heridas De mi ánimo derrotado.
Ha dejado de llover, El viento ha barrido las nubes Y el Sol calienta tímidamente, Pero tu recuerdo provoca Una lluvia de llanto interior Que torna en gris mi alma Y ciega el sol de la esperanza.
Tu sonrisa es un viento cálido Que me envuelve y me arroja a tus brazos, Perdona mis desafueros que a veces la apagan Y me llevan al arrepentimiento Deseando inflamarla de nuevo.
Tu sonrisa inspira mis sueños En las noches frías de mi alma, Arropando mi cuerpo perdido En aventuras de amor contigo A lo largo de la noche callada.
Tu sonrisa alimenta el recuerdo De momentos vividos a tu lado, Llenando el vacío dejado Por el tiempo sufrido sin tu abrazo Y marcando el ritmo a mis pasos.
Tu sonrisa transforma mi ánimo Cuando la tristeza me cautiva, Vuelvo a sentir su reflejo en mi cara Y no cambio nada por ella, Deja que la avive con la mía.
Había una vez en un país no tan lejano, al sur del norte y al este del oeste, una limpia ratita chiquitita y curiosita que habitaba en una cloaca de barrio. Un día decidió, harta de morar en la oscuridad, subir a la superficie a ver el Sol, la Luna, el mar, la luz, las estrellas, los animalitos y las plantas. Así fue que tomó el ascensor de la octava cañería y pulsó el botón de “primera planta”. Cuán grande fue su sorpresa al contemplar, tras abrirse la puerta e impactar sobre sus débiles ojitos la luz crepuscular, el mundo luminoso que se le ofrecía. Se encontraba en la Avenida de los Españoles, en pleno centro de la ciudad. Tras permanecer unos instantes estática en el interior del ascensor contemplando las primeras imágenes que llegaban a su retina, optó por adentrarse en el caos que se abría a sus sentidos. Tal fue el despiste de sus primeros pasos que a punto estuvo de ser atropellada por un camión de reparto de “mala leche” que le pasó rozando el hocico. Caminaba cautelosamente por la calle, observando detenidamente todo lo que a su paso encontraba, latas de cerveza, colillas, papeles, restos de comida, zapatos de todas las formas y colores y demás inmundicias, alucinando ante tanta basura callejera. Las personas en un primer momento la evitaban, pero un grupo de chavales intentó capturarla a base de pisotones y estacazos, fue su tercer sobresalto y tuvo que huir rápidamente y ocultarse entre los escombros de una cafetería americana en construcción. Ahora tenía una idea más real del mundo de la superficie, se había dado cuenta del peligro que suponía merodear a plena luz entre los humanos y en un medio hostil para sus hábitos ratunos. Después de recorrer unos jardines próximos y sufrir los improperios de dos perritos falderos que la acosaron, se introdujo por la boca del metro de la calle de la Pureza. ¡Ah!, suspiró, esto es otra cosa, este espacio es más familiar, parece una alcantarilla enorme con seres parecidos a mis amigas las ratas. A punto estuvo, una vez más, de no contarlo cuando uno de los trenes le pasó por encima, suerte que permaneció inmóvil y no corrió hacía los raíles de la vía. Llevaba una hora en la superficie y estaba harta de tanta sorpresa, ahora añoraba la vida tranquila y apacible de su anterior morada; recordaba la oscuridad y el silencio en contraste con el mundo bullicioso que la acogía en estos momentos, además el ambiente era nocivo para su salud, la atmósfera estaba llena de humos irrespirables, las luces continuas y destellantes irritaban sus delicados ojitos, los ruidos ensordecedores del tráfico rodado y de las herramientas de los obreros martilleaban una y otra vez sus tímpanos aterciopelados. Si, había desechos en las calles, plazas y jardines, como en su cloaca, pero no podía utilizarla ante el acoso de las personas y sus animales domésticos que no paraban de excretar en cualquier parte. Ya estaba hasta los bigotes de ese mundo de la luz, del mundo de “arriba”, no soportaba tanto desmadre y confiaba en encontrar el camino que le devolviera a su hábitat. Y el descenso fue casual e irremediable al caer por una boca de alcantarilla tras ser perseguida estrepitosamente por un gato feo y asqueroso que a punto estuvo de atraparla. La pesadilla ya había pasado, ahora se encontraba en su cloaca querida y no volvería a subir al mundo de los humanos, había quedado colmada su curiosidad. Contaría su experiencia en el colegio para que sirviera de orientación a posibles ratitas que tuvieran los mismos sueños que ella vivió y sufrió en su lindo cuerpecito.
Las mujeres nos acompañan en la vida y sin ellas ésta no tendría sentido. ¡Que vivan las mujeres! para que vivamos los hombres soñando con ellas. ¡Que vivan!
El amor irrumpe en nuestras almas Nos trastorna, nos eleva y nos deja caer Sin red que nos proteja.
Pero no sufras, siempre hay otro amor Que te ayudará a levantarte… Y a seguir respirando.
Es el mismo amor, el amor eterno, Que cambia de rostro, de personaje, Para colarse de nuevo en el corazón De las almas anhelantes.
Yo lo sé todo… y no sé nada, Quiero saber… y temo hallar la respuesta, Pero siento que te quiero, que te amo Y volvería a darte mi mano.
... hasta siempre. Tu amigo del alma.
Vendrá la marea a borrar Los nombres de amor Escritos en la arena, Junto a orillamar. Vendrán el viento, la lluvia Y las gaviotas a ocupar su lugar. Volverán los adolescentes, Una vez más, A dibujar corazones Y a escribir los nombres De quienes les hacen soñar, En la húmeda arena, Junto al mar. ">
No hay más amor que aquel que estamos dispuestos a entregar y entregamos. Yo te entrego el mío.
El amor flota en el aire deseando ser inhalado por las almas tristes y entregarles la felicidad soñada. Yo he soñado a tu lado el amor.
El amor enciende la llama que da vida a la pasión contenida. Yo soy tu pirómano.
El amor es el abono que absorbemos por las raíces del alma y florece en nuestras vidas. Yo abono mi amor con tu recuerdo.
El amor es el virus que, paralizando nuestro sistema operativo, controla nuestros sentimientos obligándonos a reiniciar el futuro. Yo no instalo antivirus.
El amor ilumina nuestras sonrisas en los días grises del otoño apagado. Yo alimento su luz con tu mirada.
El amor es el relámpago que anuncia la tormenta en nuestros sentimientos. Yo quiero tronar de felicidad a tu lado.">
(El otorgado, con menores solemnidades que el ordinario, por la persona que se halla a bordo de una nave en viaje).
No tengo intención de abandonar este mundo de los sentidos pero la experiencia me dice, y también las estadísticas, que todos morimos y es inevitable el retorno a la inexistencia.
Yo no elegí nacer porque no existía en el momento de mi concepción y por tanto tampoco debería elegir morir, aunque en este caso, como existo, pudiese hacerlo.
Lo que sí puedo, y eso hago en estos momentos, es dejar por escrito instrucciones referentes al momento posterior a mi óbito en caso de producirse en tierra firme pues, como marino que soy, no descarto el enterramiento en la mar.
Es costumbre en la mayoría de civilizaciones, culturas y religiones celebrar un acto de despedida al finado con laudable intención de favorecer su tránsito a otros lugares en el más allá.
Para no equivocarme sugeriría que llevarais a cabo todos los rituales funerarios vigentes hoy en día (al unísono o uno tras de otro), de esa manera evitaría problemas de ser condenado en cualquiera de los infiernos que proclaman los próceres religiosos. Comprendo que, aparte de las dificultades técnicas para contactar con todos los chamanes y convencerles para dar cumplimiento a mi deseo, la multiceremonia funeraria se alargaría demasiado en estos tiempos de prisas y no creo que estéis dispuestos a embarcaros en esa misión.
Simplificando al máximo el ritual fúnebre y una vez cumplido el tiempo de espera legal por si resucito (no lo descarto, pues ya existen precedentes al respecto), sugeriría que en las exequias evitarais cualquier ceremonia con discursos elegíacos de mi persona, ya que, modestamente pienso, mi vida no ha sido relevante desde el punto de vista social, profesional y seguramente tampoco personal.
Dejemos pues los discursos entrañables para personas con más merecimientos que los míos.
Queda por último indicaros amablemente el destino que me gustaría otorgar a mi inanimado cuerpo.
Donar mis órganos (incluidos los sexuales) para mejorar la existencia de algunos de mis contemporáneos sería un último acto de amor a la humanidad.
El resto de mi cuerpo, o las partes menos útiles, podrían tener otros destinos. Por ejemplo sería de utilidad para el aprendizaje de noveles profesionales de la medicina y de esta manera alargaría mi vida útil. Exponer mi cuerpo en algún museo de Ciencias Naturales me produciría sonrojo al verme observado y manoseado por estudiantes poco respetuosos con los cuerpos ajenos.
El embalsamamiento, la congelación, el enterramiento y la incineración serían otras opciones a tener en cuenta. Descarto el enterramiento en el cielo consistente en arrojar mis despojos en un muladar a la espera de ser consumidos por las aves rapaces.
En caso de que optéis por la incineración os rogaría que las cenizas, producto de la combustión, fueran arrojadas en una tarde gris (para no desentonar) en las costas de Fisterra.
Deciros, por último, que no es mi intención reencarnarme. No obstante si no me adapto a mi nuevo estatus post mórtem estaría dispuesto a opositar a un nuevo cuerpo terrenal y no dudéis que haría todo lo posible por agradeceros personalmente los esfuerzos realizados para dar cumplimiento a mis últimas voluntades.
Islas Eolias a 10 de febrero de 2010. El Maestre de el velero “De la Vida”.">">
Regresaba el barco "De la Vida" Tras una larga singladura, Y en el puerto le esperaba Para acogerlo con igual ternura, La sirena despertó el corazón De dos almas ahora reunidas.
Te reconozco en tu manera de expresarte Tras muchos años de ausencia, Presiento tu sonrisa al otro lado Mientras lees mis mensajes con calma, Y siento renacer la esperanza dormida En el cajón de mis trastos del alma.
La alegría ha vuelto convencida Al saber de tu cariño que me abarca, El amor de nuevo nos emplaza A continuar por el agradable camino De la complicidad que me embarga, Sin ningún rumbo ni destino.
Descargó la preciosa carga Contenida en la bodega del tiempo Y quedó liberado del embrujo eterno. Izó velas y levanto anclas Esperando un nuevo viento de amor Que le lleve a otro puerto. ">
A 210 metros sobre el nivel del
bar y bajo los defectos del mal de altura, y de alguna copa de más, en el
ático, con la música de baile a todo volumen, he de reconocer que me equivoqué
contigo, pensé que actuarías de otra manera porque te consideraba incondicionalmente
mía, grave error de cálculo que llevó a nuestros cuerpos de la unión a la
separación en una fracción de tiempo, recomponer el puzle del amor costará
también lo suyo y lo mío, sin duda.
Afrodisio era un hombre casi prehistórico, prefería utilizar su vetusto diplodocos de segunda mano para acudir diariamente al laboro que, como el resto de sus vecinos, emplear el metro y el autobús. Su casa era una perfecta cueva decorada dentro del más estricto y puro estilo neoaltamiresco. Las paredes oscuras y ennegrecidas por el humo del fuego cotidiano contaban con fabulosos dibujos arcaicos e infantiles de variopintos animales, no faltaba ni el mismísimo mamut. La vestimenta, algo más avanzada, dejaba a la vista sus musculosas facciones y su negro y abundante vello. En días de diario gustaba usar un mono de piel de cebra que le venía de maravilla para su fatigoso trabajo en la fábrica de embutidos. En cambio, los días de fiesta, y a la vieja usanza, vestía la piel de tigre asiático que le daba un aspecto jovial y elegante. Su novia, que trabajaba como domadora de micos en un célebre circo de la ciudad, lo traía de cabeza ya que los días que nuestro amigo libraba la amada actuaba en cuatro sesiones continuas. Esto, unido a conflictos de intrarrol, lo llevó a la desesperación que a los pocos meses acabó con su arcaica vida. En efecto, al no poder disfrutar de las sutilezas de su querida, empezó a pensar, algo que hasta entonces y debido a su ajetreada vida no había hecho, y así, poco a poco, fue comprendiendo que estaba atrasado y empezó a sentirse ridículo y antiguo. No tardó en cambiar de habitáculo, trasladándose a una moderna urbanización a las afueras de la ciudad. Su vestuario y su aspecto exterior se modificaron de golpe, sin progresividad, y se vistió con los más modernos atuendos: tejanos, camisas de seda, trajes, etc. Decidió más adelante cambiar a su fiel diplodocos por el más avanzado modelo de la mejor marca automovilística. Ello supuso para él un trauma generacional pues Arquímedes, que así se llamaba su animal doméstico, era herencia de sus más primitivos antepasados. Abandonó su antiguo oficio y, para no salirse de la nueva onda que estaba creando, se introdujo en una empresa de construcción naval, llegando en poco tiempo a jefe de ventas, lo que motivó que no cesara en su trabajo durante toda la semana con viajes, recepciones, exposiciones y búsqueda de nuevos clientes. De esta guisa se fue quedando calvo y perdiendo kilos de paciencia. Por sus nervios no daba un euro el más importante neurólogo. Acudió a un psiquiatra pero lo único que sacó en claro fueron los mil euros que tuvo que abonar por las diez sesiones de camaterapia que de poco le sirvieron. Desahuciado pues por la moderna medicina se trasladó a un pueblecito de la provincia donde visitó a un famoso curandero que le recetó no sé qué tipo de infusiones y caldos dejándolo todavía peor. Y así el día veintidós del presente mes fue a morir en una céntrica calle comercial víctima de un inoportuno fallo cardíaco. Su fortuna, que era considerable, la donó íntegra a la Sociedad Protectora de Pueblos Primitivos, disponiendo a su vez, horas antes de marcharse, que en la lápida de su tumba se esculpiera esta frase: “Vive tan sólo tu propia vida”.">
Nace esta narración en el día de hoy, aparentemente soleado y algo más cálido que los precedentes, como mero ejercicio de caligrafía pues es indudable que mis habilidades escritoras han perdido agilidad con el paso del tiempo. Hechas estas aclaraciones dejo sentado que lo que posteriormente quede reflejado en estas “hojas de papel pijama” son simplemente ejercicios caligráficos carentes de cualquier otro interés. Hoy es miércoles, cuarto día de la semana ya que la semana, pese a la costumbre popular, empieza el domingo y termina el sábado. En la actualidad, sin embargo, se considera al lunes como primer día semanal, otorgándole al domingo el puesto último y de descanso. Evidentemente, que hoy sea el tercer o cuarto día de la semana no influirá en su contenido, siendo por tanto el orden un aspecto poco importante en estos momentos. Delante de mí se encuentra una mujer. Es rubia, delgada, con suéter escotado de color negro, sin mangas (desmangado), una falda corta de color blanco y cuadros de colores. Las piernas están cubiertas con unas medias negras y los pies se calzan con unos zapatos de color plata con tacón elevado. Las manos, o mejor dicho, la mano y antebrazo derecho están enfundados en un guante negro transparente. Está sentada en un sillón cubierto por una sábana blanca, recostada más que sentada, con la espalda y el brazo en un brazo del sillón, las piernas sobre el otro y el brazo derecho encima de la parte trasera del sillón. El suelo es blanco y negro, en bandas alternativas, y el zócalo negro contrastando con la pared blanca. Me mira fríamente, no parpadea. Creo que se llama Lucía y espero que siga conmigo en esa posición durante todo el día y mañana. El viernes veremos que ocurre con ella, dejémosla pues tal y como es y está en estos momentos. Hace mucho tiempo que no escribo y por tanto me cuesta trabajo plasmar ordenadamente en el papel las ocurrencias que se agolpan en mi sistema nervioso cerebro-espinal. Debo tener cuidado en la elaboración de los grafemas para que puedan ser inteligibles por el resto de los humanos a quienes va dirigida esta carta continua. Mi historia se remonta a casi, o quizá más, cinco mil millones de años. Ese es aproximadamente el momento en que surge el planeta en el que habito. Se llama Tierra, ya veis que es un nombre bastante vulgar y que poco dice de él. Otros más románticos le han llamado Planeta Azul, pues dicen que desde el espacio, y así lo reflejan las fotos enviadas desde los satélites artificiales, tiene un color azul. Desde aquí abajo no es azul toda ella, tan sólo el cielo (a veces), el mar (a veces), etc. (a veces). Ya he especulado un poco con el nombre, vayamos al origen. La Tierra la creó Don Dios un día que tenía ganas de trabajar y dijo “Hágase la Tierra” y la tierra se hizo tal como es ahora, con los animalitos y las plantas, los ríos, las praderas, los montes… Pero como el Señor Dios se aburría pensó en inventar un bicho nuevo que habitara la Tierra y le entretuviese en el transcurso de su infinita existencia. Manos a la obra, de golpe creó al hombre a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que externamente todos somos dioses y que Dios tiene las mismas facultades que nosotros. El hombre y Dios se aburrían, el primero en la Tierra comiendo las frutas y cazando animales, y el segundo, Don Dios, observando las tonterías que hacía el hombre. Por ello fue que Dios quiso amargarle la vida al hombre y entretenerse él con los disgustos humanos. Y con tal intención creó a la mujer, por lo que el hombre dejó de ser homosexual (no todos) y comenzó a amargarse la vida (yo no) y a entretener a Dios. Por hoy ya está bien, mañana seguiremos con esto. Adiós.">
Con el gesto encadenado Y el odio por aliento, Con el cuerpo fraccionado Y la fuerza reprimida, Se arrastra el obrero e su lucha, En la vida.
Con el salario por frontera Y el sudor como argumento, Con la ley por aduana Y el llanto de estandarte, Naufraga el obrero en la empresa, En su miseria.
Con la promesa traidora Y la falacia del mecenas, Con los trucos del profeta Y la magia horizontal, Sucumbe el obrero en el fango En el pozo de su inocencia.
Argumento: José Sirgado (Eusebio Poncela) director de películas serie B está en crisis creativa y personal. No es capaz de consolidar su ruptura con Ana (Cecilia Roth) y además recibe noticias de un inquietante conocido (Will More), adicto a filmar en Super 8 y obsesionado en descubrir la esencia del cine.
Treinta y dos radios se unen en el cubo de una rueda; del vacío (del cubo) surge la utilidad de la rueda. Forma una vasija con arcilla; del vacío (de la vasija) surge su utilidad. Abre puertas y ventanas en las paredes de una casa; del vacío (de las aberturas) surge la utilidad de la casa. Así pues, con la existencia de las cosas nos beneficiamos, y la no-existencia de las cosas nos es útil
Vuelve a remontar la corriente, a alzarse sobre las olas virando hacia el horizonte, hacia su propia existencia.
Planea cerniendo la suave brisa que la agita, que la templa; vacila un instante y se lanza ferozmente en picado tensando las alas, cortando el viento.
Siente la velocidad en sus plumas que se agitan sin cesar, enajenada.
De repente, en la incertidumbre del ruido extraño, feroz, nacida del arma enardecida corre la bala a su alcance, a su fin. Movimiento brusco del impacto, abatimiento del control perdido, de la confianza cortada, del miedo y de la nada. Cae agitada de dolor, desorientada en su inútil esfuerzo por volver a remontar, bajo las garras de la gravedad, de la muerte. Su débil cuerpo impregnado en su propia sangre, en su propia vida, rompe en la mar áspera, en su tumba eterna.
... la lluvia vuelve a tejer el ambiente, a entristecer el momento y el tiempo de un futuro casi presente.
Era una tarde eminentemente gris, las nubes eran sólo una, inmensa, fina, como velada, que cubría totalmente el espacio circundante. El mar en la orilla del puerto se fundía con el cielo, era del mismo color, la misma forma y materia, todo uno. No llovía, no, no era necesario, vivíamos en el interior de una gran nube gris húmeda. La humedad se introducía en nuestras almas. Todo estaba en calma, ni tan siquiera el movimiento de algunos barcos en el puerto llegaba a ondular el mar tranquilo. Era la tarde de la tristeza, todo era claroscuro, silencio, calma, agonía e incertidumbre. Algunas gaviotas osaban adentrarse y evolucionar en el mar gris del horizonte cercano, dejaban en el aire el sonido de sus cantos de aves hambrientas. Una sirena grave de un buque próximo, que no veíamos, nos sugería el acontecer de la vida como algo que se oye pero no se conoce. Era la tarde del sentimiento reprimido, de la soledad, del cansancio humano. Era la fusión del ambiente gris con el cerebro gris del hombre gris. La oscuridad iba paulatinamente adueñándose de la tarde, ya poco le quedaba de vida, moriría irremediablemente en la noche apagada. El débil destello del faro en el dique apenas si llegaba a impresionar nuestras retinas, tal vez fuera una visión memorizada de noches y noches vividas frente al mismo espacio. Era la tarde de la muerte, la tarde apagada que precede a la noche oscura y fatídica. Los tonos grises se ennegrecían paulatinamente anunciadores de un futuro irremediable. Era también para nosotros la tarde de la muerte, si, habíamos decidido no volver jamás a ver la luz, huir de un nuevo amanecer, habíamos escogido esta triste tarde gris para poner fin a nuestras tristes y amargas existencias. Deberíamos acompañar a la tarde hasta su lecho nocturno pero sin sobresaltos, sin estridencias. En sendas copas reposaba el tóxico letal que nos devolvería a nuestros comienzos remotos. Aprovechando otro bramido de sirena alzamos nuestras copas a la tarde y chocamos, en un gesto amargo y desesperanzado, los perfiles de cristal que dejaron en la habitación un sonido acompasado. Lentamente pero con seguridad y firmeza vaciamos el contenido en nuestros labios receptores y notamos en nuestros paladares el paso amargo del veneno anhelado. Ya éramos tarde, formábamos parte de la tarde, éramos pálidos reflejos grises de dos vidas en extinción, ya sólo nos quedaba reposar la llegada del fin. Caía la tarde lentamente al tiempo que nuestra visión disminuía al ritmo deseado, ya nada aparecía en la orilla del puerto, todo era gris oscuro, nuestros oídos captaron, distorsionado, el último estrépito del petrolero que entraba en la oscuridad. Y desde ese momento cumbre de la agonía ya no recuerdo nada más. Sé que pasó la noche y a la mañana siguiente nos encontraron muertos en sendos sillones rojos, con la mirada perdida en el horizonte y la mano en el corazón. Ahora vivimos en la tarde, formamos parte de ella, pues en nuestro testamento solicitamos que fuéramos incinerados y nuestras grises cenizas se arrojaran a la brisa del mar en una tarde gris como la que nos acompañó hasta el final. Si, somos tarde gris y estamos aquí esperando vuestra llegada, deseosos de que sigáis nuestro ejemplo para que en un día no muy lejano la tarde gris domine las veinticuatro horas. Os esperamos.">