
Y en las entrañas de mi subterránea ciudad imaginaria elijo siempre, de los cuatro, el camino imperfecto que huye de la luz hacia el oeste.
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa
Un largo puente conectando mi orilla con tu orilla. Un puente que salva las dificultades y supera el abismo que nos separa.
Un puente firme y seguro, de pilares profundos, anclado bajo la dulce agua que cubre nuestro pasado.
Un gran puente para encontrarnos en el aire, en terreno de nadie, y estrechar manos antes de abrazar nuestros cuerpos.
Un puente de entrada nos reúne; y de salida: permitiéndonos huir corriendo.
Un puente de explosivos minado, con dos mandos a distancia: en tus manos y en mis manos, que pueda volar por los aires en los momentos de duda.
Un puente bendito te acerca a mi lado; y maldito: de suicidas desesperados. ¿Cruzamos?
¿Sabes que me estoy muriendo otra vez? Pues sí, eso parece. Además creo que en esta ocasión será la definitiva y, por tanto, es muy posible que ya no volvamos a vernos.
Como contable soy muy previsor y ando buscando alojamiento estable y permanente para mi cuerpo: un lugar tranquilo y agradable, en buena compañía.
He encontrado este pequeño y acogedor cementerio de Zuheros, con preciosas vistas al castillo excavado en la roca y enclavado en
Manuel, el gerente de este coqueto y magnífico complejo residencial, me ha ofertado un nicho-ático precioso, a muy buen precio –prefiero estar en las alturas, hay mejores vistas; además no creo que podáis venir a menudo a traerme flores- encalado recientemente y orientado al oeste, para disfrutar intensamente de los atardeceres andaluces.
He entregado una cantidad a cuenta, en señal de reserva, antes de firmar el contrato definitivo. Contrato con una duración de noventa y nueve años, tiempo suficiente por si decido reencarnarme. En ese caso, y si encuentro sustituto, me devuelven la parte proporcional al tiempo no disfrutado: un chollo, de veras.
Quiero ver otros sitios y otras opciones, tal vez encuentre, no lo creo, algo más interesante. Os tendré informados por si queréis acompañarme en un futuro no tan lejano.
Desde lo alto de mi montaña contemplo que estás en el camino, en el buen camino, a pesar de las dificultades y los rigores de la vida.
Estamos en el camino. Intento al máximo estar en el buen camino, igual que tú. Pero, como muy bien se observa en la fotografía, tiene muchas curvas y recodos.
El camino recto es tan fácil de dibujar como difícil de seguir, esa es la gran aventura del ser humano.
Hasta aquí hemos llegado. Puedes continuar tu camino, yo me detengo, no quiero seguir a tu lado. He aguantado tu ritmo, pisado tu estela, siempre detrás de ti, y estoy agotada, exhausta.
Creo que eres un perverso narcisista. Sólo te quieres a ti mismo y aprovechas cualquier momento y cualquier situación para hacerme daño con tus retorcidas palabras, tus gestos de desprecio y tus silencios que ignoran mi presencia.
Buen viaje, disfruta de tu compañía y del daño que causes a otra pobre infeliz, como lo has hecho conmigo. Espero no volver a verte y coincidir, en cualquier calle, con otro hombre, un hombre íntegro y cariñoso que se fije en mí, me quiera y respete mi vida.
Duelo de Manolas con teja al final de la tarde de viernes, fúnebres mantillas adornan sus cabezas. Tensión en la calle que huele a azahar y a muerte. Luto riguroso de pies a cabeza. Música de banda acompaña al judío difunto, que baila a hombros de rudos costaleros. Bellos rostros, de graves miradas desafiantes, observados por fieles que sienten, en silencio, a ambos lados de la calle. Procesión camino del camposanto de olivos, bajo un limpio cielo de primavera.
Al final de la tarde alumbramos otras realidades.
Cansados de movernos entre cifras y partidas presupuestarias, intentando cuadrar las cuentas ajenas, desconectamos las luces fluorescentes para dar paso a ambientes más cálidos y personales.
Nos apartamos de las grandes avenidas, y de calles comerciales transitadas, para perder nuestros pasos en estrechos callejones de casas blancas que permiten contemplar el cielo azul, adornado de nubes de algodón, en su tránsito hacía la noche y admirar los verdes campos de primavera que se extienden en el horizonte.
Y es entonces, en este relajado ambiente, cuando llegan las imágenes, las sensaciones y los momentos especiales que nos conectan con otra realidad más acorde con nuestra esencia.