Llamemos amor a nuestra locura, amistad segura, deseo que nos transfigura y pasión que a veces nos hiere, pero que siempre nos cura.
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa
Llamemos amor a nuestra locura, amistad segura, deseo que nos transfigura y pasión que a veces nos hiere, pero que siempre nos cura.
Si no buscas no encuentras, si no experimentas no descubres, si no te reflejas no te ves y entonces estás perdido.
Lágrimas de otoño caían y escribían en efímeras hojas un triste relato, silencioso llanto que por amor vertía, a quien supiera leer, un caudal de amargo desencanto.
Las nieblas del pasado se hicieron presente aquella noche. Recuerdos de tiempos vividos en un mundo paralelo que dejaron huella. Sentimientos de culpa, arrepentimiento, pesar y un halo de nostalgia por aquellos seres que habitaron su mundo hace diez años. Yo estaba allí, a su lado, escuchando su relato, incrédulo a ratos y asombrado en otros. Ella había mentido a todos, jugado, engañado, pedido perdón y terminado con esa ficción. Ahora era yo, según ella, quién debía hacer de juez por todo lo que hizo entonces y me ocultó tantos años. Con argumentos que no vienen a cuento, la declaré inocente, por su arrepentimiento y porque nunca estuvo obligada a darme cuenta de aquel cielo y de aquel infierno pasados. Nadie está libre de pecado, si por pecado se entiende vivir la vida de otra manera.
Aunque no lo creas, siempre es mejor una buena mentira que una mala verdad. No te engañes, yo sí te creo, me da igual que sea verdad o mentira. ¿Acaso no son ambas reflejo de una misma realidad?
Ante una misma realidad una cosa es lo que ves y otra diferente lo que imaginas. Yo siempre te imagino y te veo igual, en color o en blanco y negro, lo mire cómo lo mire.
De camuflaje visten las hojas de
otoño antes de caer al suelo y mientras esperan arden en mil colores de fuego.
Tomando el camino equivocado siempre te encuentro. Será que mis pasos, inconscientes, te buscan o los tuyos, despistados, me hallan.
Era rubia y con ojos de gata, de esos que si te echan la mirada encima te atrapan. De movimientos lentos y pasos suaves, como de danza. Flexible de cuerpo, piel felina, gestos dulces y voz aflautada, pero si le pisabas la cola mostraba los dientes, sacaba las uñas y te desafiaba. Estuvo conmigo un tiempo, entraba y salía a su antojo, en mi habitación dormía, salvo cuando se iba con otro. Un día desapareció sin decir adiós, sin dejar rastro. Desde ese día algo me falta, tengo un vacío por dentro, que nada ni nadie lo tapa, y la casa llena de ratas.
Siéntate frente a frente y habla contigo, no tengas miedo de conocerte, tienes tantas historias que contarte...
Desde la Edad del Bronce hasta mediados del siglo pasado, una sucesión cultural, clave para entender la evolución humana: Prehistórica, íbera, romana, visigoda, musulmana y cristiana, se dio cita en El Tolmo de Minateda.
Hay una sombra en la pared, reflejo de un campanario mudo; hay un farol, que no va de farol porque todavía no es de noche; hay una ráfaga de viento, que la fotografía no capta porque está quieta; y hay un silencio atronador de esos que te dejan sordo por dentro. Todo esto es lo que hay, no hay nada importante porque nada de lo que hay, salvo tu ausencia, merece la pena recordar.
Es una hoja de otoño, pero vemos un corazón y sentimos la pasión que circula por sus venas. Ver más allá, sentir y expresar, también es poesía.
A cielo abierto, en la ciudad de los muertos, respiro la paz que no encuentro entre los vivos. Difuntos confinados para siempre, y hasta que la memoria aguante, en el recuerdo, rodeados de flores, cruces, cipreses y pajarillos. ¿Acaso hay un paraíso mejor?
Un monolito levantado en 1929 marca el lugar donde se encuentra el yacimiento arqueológico de El Cerro de los Santos, en Montealegre del Castillo (s. I - IV a.C.), santuario íbero que sacó a la luz, en torno a 1860, más de quinientas esculturas (exvotos) entre las que destaca la Dama Oferente. A unos cientos de metros de allí, el monte Arabí con sus pinturas rupestres, la vía Heraclea (calzada romana) y la necrópolis íbero-romana de El Llano de la Consolación, conforman un paraje excepcional habitado por nuestros antepasados.
Tus hojas tiñen de rojo los cielos de otoño y tus uvas, garnacha tintorera, nos regalan vinos que alivian el alma.
Nunca es tarde para el reencuentro, volverte a ver, escuchar lo que llevas dentro, mirarte a los ojos y sentir que nunca es tarde para seguir amándote.
Y si algún día pierdes la cabeza, ten cuidado porque lo mismo aparece expuesta en un museo a la vista de todos y pueden quedarse de piedra al verte.
Sin miedo, camina la gata al borde del precipicio mientras me mira, pasos de seda y la cola tiesa, elegante y silenciosa, señora y dueña de sí misma y de su destino.
Antes de caer al suelo con un golpe de viento o por su propio peso, cambian de color las hojas, caducas ya en octubre, del verde al ocre pasando por rojos, naranjas y amarillos. Sinfonía de colores y estriptís que nos regala cada año el otoño sin pedirnos nada a cambio, tan solo nuestra lánguida mirada.
En estos escenarios, donde dimos vida a nuestra historia de amor, tu ausencia se hace, todavía, más presente. Regresar a ellos y no verte es echar leña al mar confiando en que arda la tarde y aparezcas de nuevo, encendida, en mi cielo.
Acostumbrados a verla lujosamente vestida, enjoyada y coronada, aquí, el anónimo pintor del siglo XVII, la representa como a una joven madre cualquiera, libre de lujos y poderes sobrenaturales, es simplemente María con su hijo Jesús. Óleo sobre lienzo, Catedral de Guadix
Una caña de pescar, hilo, anzuelo y cebo, un asiento junto al mar, en el puerto, paciencia y habilidad, cuestión de tiempo que ya picarán y si no lo hacen qué más da.
Incluso cuando la barrera está levantada, cruzamos con precaución el paso a nivel y miramos a un lado y a otro de la vía, no vaya a ser que venga el tren o un amor que nos arrebate la vida.
Hay quien dice que voy a mi bola y no lo dice por el nombre de la calle donde habito, sino por el caminar libre y aleatorio que llevo, serán habladurías, supongo.
Todo era azul, el mar, el cielo y tu mirada. Una botella azul, de Solán de Cabras, un tapón azul, una carta azul y en tinta azul un poema: Todo era azul, el mar, el cielo y tu mirada.