viernes, 25 de febrero de 2011

Por qué escribimos.


No escribimos para contar la realidad, nuestra realidad ni la realidad ajena; la realidad no nos interesa precisamente porque, como es real, la vivimos, la sufrimos, la gozamos y no necesitamos contarla, nos basta con vivirla y reflejarla en nuestras caras día a día, noche tras noche.
No escribimos para narrar el tiempo perdido, que a veces lo perdimos y en ocasiones lo ganamos y es una inversión que nos acompaña todavía. El tiempo lo encontramos y tropezamos con él a cada momento mientras buscamos la solución al jeroglífico de nuestras vidas.
No escribimos por distimia, porque suframos el desasosiego en nuestras almas, como Bernardo Soares, y la nostalgia humedezca nuestro pecho y provoque una lluvia interior permanente.
Tampoco escribimos por necesidad fisiológica imprescindible, como respirar o bailar la melodía que suena a cada momento y acompaña nuestro ritmo.
Escribimos para recordar lo que fuimos en el pasado, como historia de unas vidas que fueron y nos condujeron a lo que son ahora, en este momento que escribimos. Escribimos para dejar constancia de lo que sentimos y cómo lo sentimos, de nuestra capacidad para vibrar con el sonido que emiten las personas que nos acompañan y sienten a nuestro lado. Escribimos para contarte lo que no nos atrevemos a decirte cara a cara, por miedo a ver la cara que pones cuando te lo decimos. Escribimos porque, si nos equivocamos, podemos borrar lo escrito o sustituir unas palabras por otras más acertadas o menos comprometidas, pues cuando hablamos no hay marcha atrás y las palabras que salen de nuestra garganta las perdemos para siempre y nos hacen deudores de lo que dicen. Escribimos para anticipar nuestros sueños y darles la oportunidad de nacer cualquier día a nuestro lado y hacernos felices. Escribimos para amar con palabras gratas y sentidas, que parten de nuestras almas y entran por tus brillantes ojos, intentando llegar a tu receptivo corazón y conmoverte.
Y tú, ¿por qué nos lees?