sábado, 19 de julio de 2014

Tras la siega.


Tras la siega, campos dorados de rastrojo ciegan nuestra mirada. Un mar estepario que aguarda dormido, en tardes de chicharra, la llegada del arado surfeando olas pardas. Y mientras tanto, empapados en sueños voluptuosos, sesteamos bajo la débil sombra de una encina solitaria. ¿Qué remedio nos queda?

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