Siéntate frente a frente y habla contigo, no tengas miedo de conocerte, tienes tantas historias que contarte...
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa
Siéntate frente a frente y habla contigo, no tengas miedo de conocerte, tienes tantas historias que contarte...
Desde la Edad del Bronce hasta mediados del siglo pasado, una sucesión cultural, clave para entender la evolución humana: Prehistórica, íbera, romana, visigoda, musulmana y cristiana, se dio cita en El Tolmo de Minateda.
Hay una sombra en la pared, reflejo de un campanario mudo; hay un farol, que no va de farol porque todavía no es de noche; hay una ráfaga de viento, que la fotografía no capta porque está quieta; y hay un silencio atronador de esos que te dejan sordo por dentro. Todo esto es lo que hay, no hay nada importante porque nada de lo que hay, salvo tu ausencia, merece la pena recordar.
Es una hoja de otoño, pero vemos un corazón y sentimos la pasión que circula por sus venas. Ver más allá, sentir y expresar, también es poesía.
A cielo abierto, en la ciudad de los muertos, respiro la paz que no encuentro entre los vivos. Difuntos confinados para siempre, y hasta que la memoria aguante, en el recuerdo, rodeados de flores, cruces, cipreses y pajarillos. ¿Acaso hay un paraíso mejor?
Un monolito levantado en 1929 marca el lugar donde se encuentra el yacimiento arqueológico de El Cerro de los Santos, en Montealegre del Castillo (s. I - IV a.C.), santuario íbero que sacó a la luz, en torno a 1860, más de quinientas esculturas (exvotos) entre las que destaca la Dama Oferente. A unos cientos de metros de allí, el monte Arabí con sus pinturas rupestres, la vía Heraclea (calzada romana) y la necrópolis íbero-romana de El Llano de la Consolación, conforman un paraje excepcional habitado por nuestros antepasados.
Tus hojas tiñen de rojo los cielos de otoño y tus uvas, garnacha tintorera, nos regalan vinos que alivian el alma.
Nunca es tarde para el reencuentro, volverte a ver, escuchar lo que llevas dentro, mirarte a los ojos y sentir que nunca es tarde para seguir amándote.
Y si algún día pierdes la cabeza, ten cuidado porque lo mismo aparece expuesta en un museo a la vista de todos y pueden quedarse de piedra al verte.
Sin miedo, camina la gata al borde del precipicio mientras me mira, pasos de seda y la cola tiesa, elegante y silenciosa, señora y dueña de sí misma y de su destino.
Antes de caer al suelo con un golpe de viento o por su propio peso, cambian de color las hojas, caducas ya en octubre, del verde al ocre pasando por rojos, naranjas y amarillos. Sinfonía de colores y estriptís que nos regala cada año el otoño sin pedirnos nada a cambio, tan solo nuestra lánguida mirada.
En estos escenarios, donde dimos vida a nuestra historia de amor, tu ausencia se hace, todavía, más presente. Regresar a ellos y no verte es echar leña al mar confiando en que arda la tarde y aparezcas de nuevo, encendida, en mi cielo.
Acostumbrados a verla lujosamente vestida, enjoyada y coronada, aquí, el anónimo pintor del siglo XVII, la representa como a una joven madre cualquiera, libre de lujos y poderes sobrenaturales, es simplemente María con su hijo Jesús. Óleo sobre lienzo, Catedral de Guadix
Una caña de pescar, hilo, anzuelo y cebo, un asiento junto al mar, en el puerto, paciencia y habilidad, cuestión de tiempo que ya picarán y si no lo hacen qué más da.
Incluso cuando la barrera está levantada, cruzamos con precaución el paso a nivel y miramos a un lado y a otro de la vía, no vaya a ser que venga el tren o un amor que nos arrebate la vida.
Hay quien dice que voy a mi bola y no lo dice por el nombre de la calle donde habito, sino por el caminar libre y aleatorio que llevo, serán habladurías, supongo.
Todo era azul, el mar, el cielo y tu mirada. Una botella azul, de Solán de Cabras, un tapón azul, una carta azul y en tinta azul un poema: Todo era azul, el mar, el cielo y tu mirada.
Enmarcado en un círculo de ruina y desolación emerge el peñón en aguas mediterráneas, testaruda roca que sin querer me atrapa.
Fácil es mantener el equilibrio
cuando el mar está en calma y las olas llegan dulces a la orilla. Una maravilla
deslizarse sobre una tabla con suaves golpes de remo. ¡Qué no se levante el
viento! ¡Qué la vida te respete! ¡Qué no
caigas en el infortunio ahora que eres feliz, amigo!
A las 07:33 de un día de octubre comienza a amanecer y las primeras luces azules y frías de la mañana conviven con las amarillas y cálidas de la noche que termina, no llegan a mezclarse y en un par de minutos ambas habrán desaparecido dejando paso a otra luz, uniforme y única, que dominará todo el espacio. A todas luces doy fe.
Reflejos hay que tener para captar los mejores momentos del día. La vida pasa por delante de nuestros ojos y debemos estar atentos, no vaya a ser que se nos escape.
Cuanto más alto subimos más pequeño lo vemos todo, menos el horizonte que se alarga y se ensancha. Conviene tomar distancia para verlo todo más claro, escalar a la cima nos hace más sabios.
Entre tú y yo hay un mar de posibilidades, unas soñadas y otras reales, paisajes en calma y fuertes marejadas, naufragios, rescates y aventuras dispares, hoy no estás, pero quizás estés mañana.
Manteniendo la distancia de seguridad, incluso conmigo mismo, difícil es que pueda contagiarme. Reflejo soy de lo absurdo en tiempos de pandemia.
Hay bancos que siempre están abiertos a asumir riesgos mientras otros permanecen cerrados a nuestros propósitos.
Hay quien necesita que alguien le marque los tiempos. Yo voy a mi ritmo, libre de cronómetros y pizarras, porque sé que siempre me esperas.
Deberíamos intentar conducirnos bien en todas las situaciones, es cuestión de práctica y de no perder el control.