“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”.
Fernando Pessoa
Prueba de que hubo amor, mi
corazón marchito te entrego. Brotará de nuevo, verde como mis ojos y dulce como
los labios que te besan. Custódialo en una cajita de madera, cambiará de color
antes de primavera.
Buen amor es respeto y
consideración, no mentir ni emplear recursos ajenos con torcida intención.
Descubrir lo que hiere y evitar la ofensa por repetición. Buen amor es
reconocer el daño y pedir perdón. Cumplir las promesas que antaño se hicieron
con devoción. Buen amor es decir la verdad, aunque duela el corazón y no dar
paso nunca a la traición. Buen amor es querer fielmente sin caer en la
humillación. Buen amor es el amor bueno que me das sin más explicación.
Quise escribirte una carta con
renglones torcidos y letras vacías para que tú, al leerla, enderezaras las
líneas y llenaras de certezas mis dudas. Quise, sabiéndolo todo, no decirte
nada, callar como callan las olas cuando el mar está en calma. Quise saber por
qué lo hiciste sabiendo de antemano el daño que me infligías. Quise, ¡cuánto te
quise!, antes de escribirte mi última carta.
Pasó de estar muy a gusto a su
lado a estar a disgusto cuando él marchó. Aprendió a no saber vivir sin sus
labios ni sin el dueño de ellos. Cargada de recuerdos regresó a su mundo hostil
con la esperanza de algún día volverle a ver.
Equidistante, a mitad de camino
entre la ley y el delito, escucho voces que proponen diálogo. Diálogo hubo para
acordar leyes justas y diálogo hay para cambiarlas. ¿De qué se puede hablar con
delincuentes?
Y un día dejó de ser mi amigo.
Quizá porque pensó que yo ya no era el suyo. Tal vez porque, frente a una
ofensa de otro amigo, no supimos o no quisimos estar, incondicionalmente, a su
lado. Hubo intentos para no perderle, pero su obstinación era tanta que no
aceptó mi mano tendida. Ahora habita ahí, en el confesionario de una vida
vivida juntos, mientras espero que algún día renazca aquella amistad perdida.
En la calle que sube a la iglesia
hay una casa con la fachada pintada de azul. Cada vez que paso por delante de
ella siento que dentro habitan espíritus nobles y bohemios. De hecho, en alguna
ocasión, he creído escuchar sus conversaciones envueltas en el sonido de una
música serena. Sé que todo eso es imposible pero posiblemente no esté en lo
cierto.
En el embalse un otoño de
recuerdos aflora en mi memoria. Momentos vividos a tu lado furtivamente,
aventuras inmersos en el anonimato, caminos de ida y vuelta, paseos que nos
sumergen en la noche, sueños hechos realidad y amaneceres de pasiones colmadas.
Allí estabas tú, navegando en aguas tranquilas, y pude verte feliz y llena de
paz.
A mil ochocientos metros de
altura de miras, junto a la ermita de San Pablo y tocando el cielo, miro hacia
abajo, con intención de verte, pero sólo veo praderas, montes, rocas y pinos.
Sé que estás por ahí, tan perdida como todos, en tus menesteres, y sé que,
cuando baje, iré a buscarte para contarte todo lo que ahora, en este momento,
siento. ¿Será amor o será mal de altura?
En esta esquina de tu
imaginación, confluencia de tu vida con la mía, chaflán de sueños y verdades
relativas, habito. Un balcón gótico que da a dos calles, una habitación austera
y una cama amplia, para escribir amores en sus sábanas, te esperan.
Una lluvia de lágrimas en la
noche inunda tu alma a ritmo de campanadas. Sonido metálico ahogado por el
rumor de tu llanto. Tal vez sea el verano que se marcha o la llegada del otoño
que lo reemplaza. Quizá el temor a vivir con miedo y a las consecuencias de un
amor inevitable. El caso es que arrecian lágrimas sin cesar mientras unas
reincidentes campanas marcan las horas.
Él buscaba amor y ella deseaba
sexo. En la cama de un viejo hotel jugaron sus últimas cartas durante toda la
noche. Ella ganó amor y él lo que no buscaba. Desde entonces se aman y también
se desean. Que sea por mucho tiempo.