“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”.
Fernando Pessoa
Regresaba el barco "De la Vida" Tras una larga singladura, Y en el puerto le esperaba Para acogerlo con igual ternura, La sirena despertó el corazón De dos almas ahora reunidas.
Te reconozco en tu manera de expresarte Tras muchos años de ausencia, Presiento tu sonrisa al otro lado Mientras lees mis mensajes con calma, Y siento renacer la esperanza dormida En el cajón de mis trastos del alma.
La alegría ha vuelto convencida Al saber de tu cariño que me abarca, El amor de nuevo nos emplaza A continuar por el agradable camino De la complicidad que me embarga, Sin ningún rumbo ni destino.
Descargó la preciosa carga Contenida en la bodega del tiempo Y quedó liberado del embrujo eterno. Izó velas y levanto anclas Esperando un nuevo viento de amor Que le lleve a otro puerto. ">
A 210 metros sobre el nivel del
bar y bajo los defectos del mal de altura, y de alguna copa de más, en el
ático, con la música de baile a todo volumen, he de reconocer que me equivoqué
contigo, pensé que actuarías de otra manera porque te consideraba incondicionalmente
mía, grave error de cálculo que llevó a nuestros cuerpos de la unión a la
separación en una fracción de tiempo, recomponer el puzle del amor costará
también lo suyo y lo mío, sin duda.
Afrodisio era un hombre casi prehistórico, prefería utilizar su vetusto diplodocos de segunda mano para acudir diariamente al laboro que, como el resto de sus vecinos, emplear el metro y el autobús. Su casa era una perfecta cueva decorada dentro del más estricto y puro estilo neoaltamiresco. Las paredes oscuras y ennegrecidas por el humo del fuego cotidiano contaban con fabulosos dibujos arcaicos e infantiles de variopintos animales, no faltaba ni el mismísimo mamut. La vestimenta, algo más avanzada, dejaba a la vista sus musculosas facciones y su negro y abundante vello. En días de diario gustaba usar un mono de piel de cebra que le venía de maravilla para su fatigoso trabajo en la fábrica de embutidos. En cambio, los días de fiesta, y a la vieja usanza, vestía la piel de tigre asiático que le daba un aspecto jovial y elegante. Su novia, que trabajaba como domadora de micos en un célebre circo de la ciudad, lo traía de cabeza ya que los días que nuestro amigo libraba la amada actuaba en cuatro sesiones continuas. Esto, unido a conflictos de intrarrol, lo llevó a la desesperación que a los pocos meses acabó con su arcaica vida. En efecto, al no poder disfrutar de las sutilezas de su querida, empezó a pensar, algo que hasta entonces y debido a su ajetreada vida no había hecho, y así, poco a poco, fue comprendiendo que estaba atrasado y empezó a sentirse ridículo y antiguo. No tardó en cambiar de habitáculo, trasladándose a una moderna urbanización a las afueras de la ciudad. Su vestuario y su aspecto exterior se modificaron de golpe, sin progresividad, y se vistió con los más modernos atuendos: tejanos, camisas de seda, trajes, etc. Decidió más adelante cambiar a su fiel diplodocos por el más avanzado modelo de la mejor marca automovilística. Ello supuso para él un trauma generacional pues Arquímedes, que así se llamaba su animal doméstico, era herencia de sus más primitivos antepasados. Abandonó su antiguo oficio y, para no salirse de la nueva onda que estaba creando, se introdujo en una empresa de construcción naval, llegando en poco tiempo a jefe de ventas, lo que motivó que no cesara en su trabajo durante toda la semana con viajes, recepciones, exposiciones y búsqueda de nuevos clientes. De esta guisa se fue quedando calvo y perdiendo kilos de paciencia. Por sus nervios no daba un euro el más importante neurólogo. Acudió a un psiquiatra pero lo único que sacó en claro fueron los mil euros que tuvo que abonar por las diez sesiones de camaterapia que de poco le sirvieron. Desahuciado pues por la moderna medicina se trasladó a un pueblecito de la provincia donde visitó a un famoso curandero que le recetó no sé qué tipo de infusiones y caldos dejándolo todavía peor. Y así el día veintidós del presente mes fue a morir en una céntrica calle comercial víctima de un inoportuno fallo cardíaco. Su fortuna, que era considerable, la donó íntegra a la Sociedad Protectora de Pueblos Primitivos, disponiendo a su vez, horas antes de marcharse, que en la lápida de su tumba se esculpiera esta frase: “Vive tan sólo tu propia vida”.">
Nace esta narración en el día de hoy, aparentemente soleado y algo más cálido que los precedentes, como mero ejercicio de caligrafía pues es indudable que mis habilidades escritoras han perdido agilidad con el paso del tiempo. Hechas estas aclaraciones dejo sentado que lo que posteriormente quede reflejado en estas “hojas de papel pijama” son simplemente ejercicios caligráficos carentes de cualquier otro interés. Hoy es miércoles, cuarto día de la semana ya que la semana, pese a la costumbre popular, empieza el domingo y termina el sábado. En la actualidad, sin embargo, se considera al lunes como primer día semanal, otorgándole al domingo el puesto último y de descanso. Evidentemente, que hoy sea el tercer o cuarto día de la semana no influirá en su contenido, siendo por tanto el orden un aspecto poco importante en estos momentos. Delante de mí se encuentra una mujer. Es rubia, delgada, con suéter escotado de color negro, sin mangas (desmangado), una falda corta de color blanco y cuadros de colores. Las piernas están cubiertas con unas medias negras y los pies se calzan con unos zapatos de color plata con tacón elevado. Las manos, o mejor dicho, la mano y antebrazo derecho están enfundados en un guante negro transparente. Está sentada en un sillón cubierto por una sábana blanca, recostada más que sentada, con la espalda y el brazo en un brazo del sillón, las piernas sobre el otro y el brazo derecho encima de la parte trasera del sillón. El suelo es blanco y negro, en bandas alternativas, y el zócalo negro contrastando con la pared blanca. Me mira fríamente, no parpadea. Creo que se llama Lucía y espero que siga conmigo en esa posición durante todo el día y mañana. El viernes veremos que ocurre con ella, dejémosla pues tal y como es y está en estos momentos. Hace mucho tiempo que no escribo y por tanto me cuesta trabajo plasmar ordenadamente en el papel las ocurrencias que se agolpan en mi sistema nervioso cerebro-espinal. Debo tener cuidado en la elaboración de los grafemas para que puedan ser inteligibles por el resto de los humanos a quienes va dirigida esta carta continua. Mi historia se remonta a casi, o quizá más, cinco mil millones de años. Ese es aproximadamente el momento en que surge el planeta en el que habito. Se llama Tierra, ya veis que es un nombre bastante vulgar y que poco dice de él. Otros más románticos le han llamado Planeta Azul, pues dicen que desde el espacio, y así lo reflejan las fotos enviadas desde los satélites artificiales, tiene un color azul. Desde aquí abajo no es azul toda ella, tan sólo el cielo (a veces), el mar (a veces), etc. (a veces). Ya he especulado un poco con el nombre, vayamos al origen. La Tierra la creó Don Dios un día que tenía ganas de trabajar y dijo “Hágase la Tierra” y la tierra se hizo tal como es ahora, con los animalitos y las plantas, los ríos, las praderas, los montes… Pero como el Señor Dios se aburría pensó en inventar un bicho nuevo que habitara la Tierra y le entretuviese en el transcurso de su infinita existencia. Manos a la obra, de golpe creó al hombre a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que externamente todos somos dioses y que Dios tiene las mismas facultades que nosotros. El hombre y Dios se aburrían, el primero en la Tierra comiendo las frutas y cazando animales, y el segundo, Don Dios, observando las tonterías que hacía el hombre. Por ello fue que Dios quiso amargarle la vida al hombre y entretenerse él con los disgustos humanos. Y con tal intención creó a la mujer, por lo que el hombre dejó de ser homosexual (no todos) y comenzó a amargarse la vida (yo no) y a entretener a Dios. Por hoy ya está bien, mañana seguiremos con esto. Adiós.">
Con el gesto encadenado Y el odio por aliento, Con el cuerpo fraccionado Y la fuerza reprimida, Se arrastra el obrero e su lucha, En la vida.
Con el salario por frontera Y el sudor como argumento, Con la ley por aduana Y el llanto de estandarte, Naufraga el obrero en la empresa, En su miseria.
Con la promesa traidora Y la falacia del mecenas, Con los trucos del profeta Y la magia horizontal, Sucumbe el obrero en el fango En el pozo de su inocencia.
Argumento: José Sirgado (Eusebio Poncela) director de películas serie B está en crisis creativa y personal. No es capaz de consolidar su ruptura con Ana (Cecilia Roth) y además recibe noticias de un inquietante conocido (Will More), adicto a filmar en Super 8 y obsesionado en descubrir la esencia del cine.
Treinta y dos radios se unen en el cubo de una rueda; del vacío (del cubo) surge la utilidad de la rueda. Forma una vasija con arcilla; del vacío (de la vasija) surge su utilidad. Abre puertas y ventanas en las paredes de una casa; del vacío (de las aberturas) surge la utilidad de la casa. Así pues, con la existencia de las cosas nos beneficiamos, y la no-existencia de las cosas nos es útil
Vuelve a remontar la corriente, a alzarse sobre las olas virando hacia el horizonte, hacia su propia existencia.
Planea cerniendo la suave brisa que la agita, que la templa; vacila un instante y se lanza ferozmente en picado tensando las alas, cortando el viento.
Siente la velocidad en sus plumas que se agitan sin cesar, enajenada.
De repente, en la incertidumbre del ruido extraño, feroz, nacida del arma enardecida corre la bala a su alcance, a su fin. Movimiento brusco del impacto, abatimiento del control perdido, de la confianza cortada, del miedo y de la nada. Cae agitada de dolor, desorientada en su inútil esfuerzo por volver a remontar, bajo las garras de la gravedad, de la muerte. Su débil cuerpo impregnado en su propia sangre, en su propia vida, rompe en la mar áspera, en su tumba eterna.
... la lluvia vuelve a tejer el ambiente, a entristecer el momento y el tiempo de un futuro casi presente.
Era una tarde eminentemente gris, las nubes eran sólo una, inmensa, fina, como velada, que cubría totalmente el espacio circundante. El mar en la orilla del puerto se fundía con el cielo, era del mismo color, la misma forma y materia, todo uno. No llovía, no, no era necesario, vivíamos en el interior de una gran nube gris húmeda. La humedad se introducía en nuestras almas. Todo estaba en calma, ni tan siquiera el movimiento de algunos barcos en el puerto llegaba a ondular el mar tranquilo. Era la tarde de la tristeza, todo era claroscuro, silencio, calma, agonía e incertidumbre. Algunas gaviotas osaban adentrarse y evolucionar en el mar gris del horizonte cercano, dejaban en el aire el sonido de sus cantos de aves hambrientas. Una sirena grave de un buque próximo, que no veíamos, nos sugería el acontecer de la vida como algo que se oye pero no se conoce. Era la tarde del sentimiento reprimido, de la soledad, del cansancio humano. Era la fusión del ambiente gris con el cerebro gris del hombre gris. La oscuridad iba paulatinamente adueñándose de la tarde, ya poco le quedaba de vida, moriría irremediablemente en la noche apagada. El débil destello del faro en el dique apenas si llegaba a impresionar nuestras retinas, tal vez fuera una visión memorizada de noches y noches vividas frente al mismo espacio. Era la tarde de la muerte, la tarde apagada que precede a la noche oscura y fatídica. Los tonos grises se ennegrecían paulatinamente anunciadores de un futuro irremediable. Era también para nosotros la tarde de la muerte, si, habíamos decidido no volver jamás a ver la luz, huir de un nuevo amanecer, habíamos escogido esta triste tarde gris para poner fin a nuestras tristes y amargas existencias. Deberíamos acompañar a la tarde hasta su lecho nocturno pero sin sobresaltos, sin estridencias. En sendas copas reposaba el tóxico letal que nos devolvería a nuestros comienzos remotos. Aprovechando otro bramido de sirena alzamos nuestras copas a la tarde y chocamos, en un gesto amargo y desesperanzado, los perfiles de cristal que dejaron en la habitación un sonido acompasado. Lentamente pero con seguridad y firmeza vaciamos el contenido en nuestros labios receptores y notamos en nuestros paladares el paso amargo del veneno anhelado. Ya éramos tarde, formábamos parte de la tarde, éramos pálidos reflejos grises de dos vidas en extinción, ya sólo nos quedaba reposar la llegada del fin. Caía la tarde lentamente al tiempo que nuestra visión disminuía al ritmo deseado, ya nada aparecía en la orilla del puerto, todo era gris oscuro, nuestros oídos captaron, distorsionado, el último estrépito del petrolero que entraba en la oscuridad. Y desde ese momento cumbre de la agonía ya no recuerdo nada más. Sé que pasó la noche y a la mañana siguiente nos encontraron muertos en sendos sillones rojos, con la mirada perdida en el horizonte y la mano en el corazón. Ahora vivimos en la tarde, formamos parte de ella, pues en nuestro testamento solicitamos que fuéramos incinerados y nuestras grises cenizas se arrojaran a la brisa del mar en una tarde gris como la que nos acompañó hasta el final. Si, somos tarde gris y estamos aquí esperando vuestra llegada, deseosos de que sigáis nuestro ejemplo para que en un día no muy lejano la tarde gris domine las veinticuatro horas. Os esperamos.">
Habitaba en una pequeña cabaña enclavada a la orilla del mar en una alejada isla del atlántico. Toda una vida dedicada a la mar, a pescar, a enfrentarse diariamente al mar cambiante, a sus olas y mareas, a sus corrientes y tempestades y obtener el fruto para la supervivencia. Él construyó solo la triste cabaña que le servía de morada y descanso para la jornada siguiente en la mar, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Con troncos y cañas de la isla había forjado esos escasos nueve metros cuadrados de vivienda, con suelo de arena y tejado de madera. La pequeña barca, en la que día tras día se hacía a la mar era casi tan vieja como él. Heredada de otro pescador ya fallecido, reparada y vuelta a reparar, repintada infinidad de veces, parcheada y reforzada, cada día lo acompañaba en el peregrinaje de la pesca. Dos remos desgastados y una pequeña vela remendada servían de motor para navegar mar adentro. Cuantas veces tuvo que regresar a golpe de remo, porque el viento no soplaba, y llegar a la isla ya bien entrada la noche con el tiempo justo para descargar los cuatro peces capturados, arreglar las redes y cañas y dormir unas horas para, a la mañana siguiente, arrojarse nuevamente a la mar. Cuanto tiempo en la soledad de la isla, en la soledad del mar, acompañado del ritmo de las olas, del soplo del viento, de los chasquidos de la lluvia, de las gaviotas que de vez en cuando se posaban en la barca y a las que Zacarías saludaba y ofrecía, como prueba de solidaridad, algún pescado poco sustancioso pero vital para ellas. Desde hace algunos días nadie ha vuelto a saber nada del viejo pescador. Se sabe que partió una madrugada como siempre a pescar, pero desde entonces nadie le ha visto. Su cabaña está todavía ahí, cerca de la orilla esperando su regreso. Tal vez ya no pueda regresar, quizá haya decidido permanecer para siempre mar adentro, con sus compañeras de siempre, su barca, sus peces, su mar, sus amigas blancas, sus olas acompasadas… Tal vez él sea ahora parte de ese mar azul, inquietante, asombroso e inmenso que día a día acoge en su infinitud a viejos y jóvenes pescadores que lo aman y respetan.">
NECESITO señorita mayor 18 años, buena presencia para revelar su pasado, presente y futuro. COMPRAMOS armas antiguas, muñecas, oro, menudencias. Trastos viejos, antiguos, menudencias.
Ideas fugaces que corretean por el interminable sendero de la mente hacia un final oscuro, incierto.
Imágenes de todos los tiempos, de todo lo imaginable, lo fantástico, lo tenue; imágenes rápidas que no recuerdo, que no comprendo, y a veces ... que no siento.
Palabras sin sentido, cadenas de vocablos vacíos, enlaces tercos, fríos, palabras de palabras, frases, tan sólo frases.
Sentimientos variables de momentos extraños, de ocasiones concretas.
Corto es el largo camino de la vida, vieja la hora de la muerte, de la vida, de la nada... de la existencia intrascendente, de los momentos simples.
Y tan sólo una esperanza, una meta, un fin, un vacío.
Quiero ser como las olas del mar: rítmicas, onduladas y rápidas, que nacen y desaparecen, y que nunca mueren.
Quiero ser una ola, estrellarme contras las rocas, pulverizarme en finas gotas saladas y de nuevo volver al mar.
Yo quiero ser una ola, romper muros y barrreras poder siempre escapar y que nadie me pueda encontrar.
Quiero ser como las olas del mar, altas, pequeñas, fuertes y débiles, espumosas, blancas, azules y verdes, para que nunca sea igual.
Desde orillamar las olas, con su incesante vaivén, nos recuerdan que la vida es un continuo "ir y venir" retornando siempre al amor que nos vió nacer. Amemos pues incluso cuando baje la marea y las olas descansen. (Calp 24-12-2009)">
Quiero despertar el deseo En este amanecer helado Y acariciar tu suave piel Ahora que estoy a tu lado.
Permite que mi lengua Hambrienta de amor Recoja el dulce polen que nace De las entrañas aromáticas De tu flor ardiente y deseada.
Disfruto libando la miel que endulza la zona eréctil de tus pechos y siento el gozo en tu mirada complacida que abre la puerta a placeres más cálidos e intensos.
Mis abrazos, mis besos, mis caricias íntimas Encienden la mecha de tu volcán. Noto el fuego que nace de tu humedad interior, Te agitas y siento cuando explotas en gozos multicolores, y soy feliz porque tu lo eres.
Me acuerdo de ti Y beso tu cuerpo imaginado. El amor continúa guiando mi vida, Que es la tuya.
Cae el Sol en el horizonte,
Las recias nubes lejanas, profundas,
Se bañan en los últimos
Destellos anaranjados.
La tarde se marcha en el infinito,
De mano del Sol que la acompaña.
El tiempo en ese instante se detiene,
Reposa, se recrea entusiasmado
En tan fabuloso espectáculo.
Con ellos van mis sentimientos,
Mis deseos perdidos, inquietos,
Mi mundo lejano, distante …
Aquellos amargos recuerdos, hirientes.
Se va la tarde en el horizonte,
Cae el Sol cansado, débil …
Con la incertidumbre de mañana
Y la tristeza del presente,
Cae el Sol en el horizonte.
“Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza”. Fernando Pessoa.
"Los contables trabajamos con el pasado aunque nuestra visión es de futuro; el presente es tan fugaz que no llegamos a vivirlo, pero lo imaginamos". El Chema y él.
A veces, cuando levanto la cabeza aturdida de los libros en que escribo las cuentas ajenas y la ausencia de la propia vida, siento una náusea física, que puede ser de inclinarme, pero que trasciende a los números y a la desilsión... Y es entonces cuando siento con visiones claras lo fácil que sería alejarse de este tedio si tuviese la simple fuerza de querer alejarlo de verdad. Bernado Soares.